Habla Blanca

Athena Farrokhzad

pequeñaslabores

Buenos Aires - 2026

88 p.; 22 x 15 cm.

Traducción: siri björkström & gabriela raidé

Prólogo: Natalia Litvinova

Texto introductorio: Gabriela Raidé

ISBN 978-987-8320-50-2

Prólogo

«Puse el pie en el aire y me sostuvo»

Hilde Domin

El siglo XX nos dejó una cartografía del exilio que atraviesa buena parte de la poesía contemporánea. Las trayectorias de Paul Celan, Joseph Brodsky, Marina Tsvietáieva o Juan Gelman dan cuenta de cómo la violencia política y los desplazamientos forzados inscribieron una marca indeleble en la lengua. Hoy, en un siglo XXI signado por el avance de las derechas, las persecuciones y las deportaciones, esas voces regresan con una potencia renovada, como si nunca hubieran dejado de hablarnos.

Escribo estas páginas con el corazón en la boca, mientras miro los videos de mujeres y hombres que queman el retrato del ayatolá. En este clima de sublevación frente a la violencia, la poesía vuelve a revelarse no como refugio, sino como una forma de acompañamiento en medio del fuego. Desde esa urgencia —histórica, política y también íntima— llega a nuestras manos Habla Blanca, de la poeta, dramaturga, traductora y crítica literaria Athena Farrokhzad, en la cuidada traducción de Siri Björkström y Gabriela Raidé. La versión original en sueco, Vitsvit, fue reconocida y nominada a numerosos premios, confirmando que el libro no irrumpe como un gesto aislado, sino como parte de una conversación larga y dolorosa sobre el exilio.

Athena Farrokhzad nació en Teherán en 1983 y creció en Suecia, adonde su familia había huido cuando ella era muy pequeña, a raíz de la persecución a militantes de izquierda tras la Revolución Islámica de 1979. Esa historia no aparece en su poesía como archivo del pasado, sino como un problema vigente, como una pregunta que insiste sobre lo que se transmite y lo que permanece en la lengua. En una entrevista, la autora lo formula con claridad: “Creo que todo el arte y la literatura se convierten en algún tipo de reflejo histórico; todos los poemas se escriben en un tiempo y un lugar y son un reflejo de eso. Eso significa que el arte se vuelve automáticamente político”.

Habla Blanca muestra cómo la historia irrumpe en la voz de cinco familiares (padre, madre, abuela, hermano, tío) a quienes la poeta convierte en protagonistas de un libro que puede leerse como una obra coral o como un único poema extenso. La guerra y el exilio se instalan en la intimidad de esta familia como un integrante más. En ese sentido, resuena lo que Joseph Brodsky pensó sobre el exilio: no solo como desplazamiento geográfico, sino como una experiencia que precipita al sujeto hacia una perspectiva absoluta, hacia un estado en el que lo único que queda es uno mismo frente a su lenguaje.

El primer poema del libro es el único en el que aparece la voz de la narradora antes de que las distintas voces de su familia tomen la palabra. Allí se vuelve visible la marca de la migración en la madre, que intenta blanquear el idioma para salvar algo, aunque esa operación de “limpieza” sea también una forma de daño: “Mi madre dejó correr cloro por su sintaxis. / Al otro lado de la puntuación, sus sílabas se volvieron más blancas / que el invierno del norte”. Esa violencia regresa hacia el final del poema, encarnada en una advertencia inquietante: “Pensá que yo mamé de esas tetas / Pensá que me puso su barbarie en la boca”. La leche materna transmite la barbarie, y, aquello que debía proteger y nutrir se vuelve, al mismo tiempo, contaminación.

La madre aparece a lo largo del libro con una voz defensiva, a veces acusatoria, que intenta preparar a sus hijos para lo que entiende como destino y, al mismo tiempo, restituir una dignidad amenazada. Exige disciplina para no desmoronarse, exige orgullo para resistir: “Mi madre dijo: parece que nunca se te hubiera ocurrido que de tu nombre desciende la civilización”.

Las voces masculinas despliegan otra zona del mismo conflicto. Están atrapadas entre los mandatos de lo masculino, una ternura que solo puede expresarse con ironía y, una vez más, la obligación de suavizarse, de blanquearse, para no ser leídas como una amenaza por la sociedad a la que intentan integrarse: “Mi padre dijo: tu hermano se afeitó antes de que le creciera la barba. / Tu hermano vio la cara del terrorista en el espejo / y pidió una planchita de pelo para navidad. // Mi hermano dijo: quiero morir algún día en un país / donde la gente sepa pronunciar mi nombre”.

La poeta observa desde afuera. No interfiere. Monta las voces, las cita, las ordena. Pero, de pronto, esas voces se vuelven conscientes de estar siendo escritas y el pacto lírico se quiebra: “Mi padre dijo: ¿al padre de quién describís? // Mi madre dijo: ¿a la madre de quién describís? // Mi hermano dijo: ¿de qué hermano estás hablando? // Mi abuela dijo: si no terminás rápido de cortar las verduras, / no vamos a cenar”. Así las preguntas interpelan a quien narra todo esto, a quien decide qué entra y qué queda afuera del poema. Padre, madre y hermano cuestionan la representación y su legitimidad, el poema se vuelve un espacio de disputa. La abuela, en cambio, no entra en esa discusión. Mientras la escritura se tensa, ella se ocupa de lo más elemental: el tiempo, la comida, el cuerpo y la supervivencia. Uno de los grandes logros de este libro (y son muchos) es la ausencia de sentimentalismo. Farrokhzad escribe en sueco, una lengua aprendida para sobrevivir, una lengua blanqueada, sobre el daño familiar y la historia que lo produce. Desde esa distancia construye una genealogía atravesada por el cuidado y la guerra, sin clausurar la herida ni quedar atrapada en ella.

Lo ocurrido no termina ni puede borrarse de la memoria ni de la lengua, solo cambia de forma, de geografía y de sintaxis. Habla Blanca es un libro radical, lleno de ambivalencias, posiciones éticas y una belleza áspera, que nos invita a pensar en el trabajo que realiza cada migrante para custodiar su herida. Sobrevivir, nos recuerda este libro, no es lo mismo que salvarse.

Natalia Litvinova (enero, 2026)

 

El exilio de la lengua

Traducir y migrar se parecen en que ambas implican lanzarse a un lugar desconocido. Al traducir desde una lengua extranjera, nos sumergimos en códigos que no son los nuestros, nos identificamos con la rareza, nos perdemos en el texto como en las calles de una ciudad nueva. Al migrar, nos desprendemos de una parte de la historia, renunciamos a un pasado común y, en algunos casos, a un idioma.

En Habla blanca se mezclan las dos. Es un libro que, entre otras cosas, trata sobre la identidad: una identidad en conflicto, pero abierta; que se lamenta, pero también se redefine y se proyecta hacia un futuro incierto. En este poemario casi nunca se dice, explícitamente, “yo”. La primera persona habla a través de los otros; demuestra una capacidad de escucha que luego se expone —tímidamente— en posesivos y —descaradamente— en lo que les hace decir a los demás.

Esos otros que hablan se sientan en la misma mesa: la mesa familiar, el escenario donde cada miembro gira en falso sobre obsesiones, frases hechas, dolores colectivos y traumas personales. Cada uno se esconde tras su máscara: el padre idealista que aún sostiene los viejos lemas; la madre despiadada que se debate entre el amor y el rencor; el hermano profético que enuncia verdades brutales; la abuela indulgente que vuelve sobre un pasado perdido; el tío descarriado, dañado por la guerra, roto.

Han dejado atrás una patria que los expulsa. Con todo, una tierra común cuyos códigos se entendían casi involuntariamente, sin esfuerzos, donde cada cosa significaba y comportaba sentido. Se lanzan a un nuevo espacio que deben aprender a navegar, un futuro con reglas que no se pueden terminar de asimilar como propias, aunque lo intenten. Las viejas heridas no suturan, se actualizan.

De ese pasado solo quedan los relatos, historias fundacionales que sirven de amparo, verdades falseadas para soportar las decisiones que llevan al momento de enunciación, el presente continuo que instaura el poema en cada línea.

No es el padre quien preside esta mesa familiar, sino la hija: un yo que entonces se convierte en testigo y sobre quien parece recaer el deber de narrar. La hija que oye y escribe para que el testimonio circule, para que el legado se perpetúe.

Y, sin embargo, las expectativas solo están ahí para ser defraudadas:

Mi madre dijo: cada familia tiene sus relatos

pero para que emerjan se necesita a alguien

con especial voluntad de deformar

La hija díscola, que pone en boca de otros lo que ella misma no puede decir o no se atreve o no sabe. La hija que traiciona el pasado, que abandona la lengua materna, que elige un idioma que no le pertenece. La identidad de este yo velado es abierta, permeable, entra en conflicto con la herencia y los mandatos familiares sobre cómo se debe contar la historia: un sujeto que se define por contraste, que no necesita decir yo para afirmarse.

Esa identidad exiliada, que cede la palabra deformándola es, también, la de la traductora. Leer escuchando el texto, dejándolo decir su balbuceo, estudiando el silencio entre las líneas. Traducir tropezando, poniéndole peso a las yemas, llenando la página de faltas: el serif pegado en los dedos, el alfabeto en la espalda del padre.

Gabriela Raidé (2026)

Leila Chatti

Leila Chatti nació en 1990 en Oakland, California. Es ciudadana tunecina-estadounidense, vivió en Estados Unidos, Túnez y el sur de Francia. Es autora de Diluvio (2020) y las plaquettes Tunsiya/Amrikiya (2017), Ebb (2018), Figment (2020) y The Mothers (2022). Su segundo libro, Wildness Before Something Sublime, será publicado en 2025.

Diluvio es su primer libro traducido al español.