Crush

Richard Silken

pequeñaslabores

Buenos Aires - 2026

106 p.; 22 x 18 cm.

Traducción y postfacio: Patricio Grinberg

Prólogo: Louise Glück

ISBN 978-987-8320-49-6

Sherezade

Contame el sueño en el que sacamos los cuerpos del lago

y los vestimos con ropa abrigada.

Lo tarde que era, y nadie podía dormir, los caballos corrían

hasta olvidarse de que eran caballos.

No es como un árbol, con las raíces que en algún lado terminan,

es más como una canción que suena en la radio de un policía;

contame cómo enrollamos la alfombra para poder bailar, y los días

eran rojo brillante, y cada vez que nos besábamos había otra manzana

para cortar en pedazos.

Mirá la luz a través de la ventana. Significa que es mediodía, significa

que estamos desamparados.

Decime cómo todo esto, y también el amor, va a arruinarnos.

Estos, nuestros cuerpos, poseídos por la luz.

Decime que nunca nos vamos a acostumbrar.

Prólogo, por Louise Glück

 Este es un libro sobre el pánico. La palabra no aparece nunca. Tampoco se describe o se analiza esa experiencia: el yo lírico nunca consigue alejarse el tiempo suficiente como para diferenciar el pánico de otros estados. En el mundo de Crush, el pánico es sinónimo de existir: en sus demoras, en su sintaxis errática y vertiginosa, en sus listas y preguntas frenéticas, los poemas se defienden del tiempo y de la pérdida. Su opuesto es el olvido: no el olvido tranquilo del sueño, sino los olvidos amenazantes del sexo y de la muerte. El poder de estos poemas deriva de la obsesión, pero el estilo de Richard Siken es pura improvisación maníaca, en la que el poeta interpreta todos los papeles: es el animal atrapado por el resplandor de los faros, paralizado; es también el vehículo que avanza a toda velocidad, el auto que no frena, el mecanismo de la huida. El libro es todo luces altas: aturdido, salvaje, precipitado, insaciable:

 

 

Nombres gritados desde la orilla,

nombres que te puse a tus espaldas,

agrios y deliciosos, secretos e irrepetibles,

los nombres de flores que se abren una sola vez,

gritados desde balcones, gritados desde terrazas,

o ahogados en la almohada, o susurrados entre sueños,

o trabados en la garganta como un pedazo de carne.

Trato de hacerlo, en serio. Trato y trato. ¿Un final feliz?

Obviamente —Hola, amor, bienvenido a casa.

 

 

El poema no puede detenerse:

 

Nombres de calor y nombres de luz,

nombres que chocan en la oscuridad, al costado del

colectivo, en la corteza del árbol, en la lapicera

sobre el jean y las manos y en la parte de atrás de

cajas de fósforos que después se pierden.

Nombres como gritos de dolor, nombres como lápidas,

nombres olvidados y reinventados,

nombres prohibidos o gastados.

 

(Decir tus nombres)

 

 

O, en “Huesito de la suerte”:

 

 

una cosa que quiero, no me hagas decirla, traeme vendas,

estoy sangrando, no hablo por hablar.

Hay vidrios rotos brillando por todos lados como estrellas. Es un western,

Henry. Estamos en el tiroteo del final. Convertimos esta tarde blanca hueso

en un cementerio.

 

 

y más adelante:

 

 

Incluso cuando estás parado

parece que estuvieras acostado ¿me dejarías besarte el cuello, bebé?

¿Tengo que atarte los brazos? ¿Tengo que meterte la lengua en la

boca como si fuera un ladrón,

como un robo, …?

 

La desesperada verborragia de los poemas demora la catástrofe. La acumulación y la reiteración esquivan el impacto, esa posible conexión mortal. Esta es también la forma en que uno interpelaría una ausencia, sin hacer pausa, para impedir el silencio que obtendríamos como respuesta.

Que Siken convierta la vida en arte parece, en estos poemas, un imperativo psicológico más que una maniobra literaria: los poemas sustituyen el tiempo lineal y progresivo por la repetición cíclica del ritual —en Crush, la bala entra en el cuerpo y después vuelve al revólver. Hay cámaras por todas partes, y videos, medios por los cuales un instante puede reproducirse una y otra vez, manipularse. Las repeticiones nerviosas y las escenas congeladas de los poemas —sus estrategias de control— delinean una seguridad y serenidad escalofriante. Lo que significa, por supuesto, que los poemas están motivados por aquello mismo que niegan; su ferocidad da testimonio de la profundidad de su terror, y su ingenio, de lo implacable de la presencia del enemigo. Todo es un truco, dicen los poemas, todo es arte, tecnología — es decir, todavía todo puede cambiar. Esta es la manera que tiene Siken de decir lo contrario: en estos poemas, todo es desgarrador e inapelable y mortalmente real:

 

Fue de noche por kilómetros y después las estrellas en el cielo púrpura,

como botecitos que llegaron demasiado lejos,

empiezan a desaparecer.

Y ahí, a lo lejos, no la tierra prometida,

sino un Holiday Inn,

con santa ritas que suben por alambrado de la pileta.

La puerta se abre: dos camas, dos lámparas, dos vasos de plástico

envueltos en celofán

y él dice No, Henry, no hagamos esto.

¿Podés ver la trama como una línea de puntos cruzando el cuarto?

Acá está la bacha para lavarse la sangre,

acá el whisky, la camisa desgarrada. Acá los azulejos del piso

del baño, la cuadrícula

de la rejilla.

Acá está el chico como una bolsa de carne, acá los motores, el cuartito

que no es un cuarto,

el Henry que no es un Henry, el Henry con aguja e hilo,

inclinado sobre el chico hueco que está desmayado

sobre una colcha de hotel.

 

 

El tiempo pasa:

 

 

Suena el timbre, el perro gruñe,

y después el viento se levanta, y la luz se debilita,

y la ventana se cierra con fuerza contra la lluvia sucia.

 

 

Y más tarde:

 

 

Intenta sujetarte de cualquier lado para que no salgas del cuarto.

Es de noche. Es mediodía. Está manejando. Todo está

pasando otra vez.

 

 

Estuve en tu cuerpo, bebé, y era el paraíso.

Estuve en tu cuerpo y era una montaña rusa

 

(La habitación dislocada)

 

 

 

Si el pánico es su nota fundamental, el foco obsesivo de Siken sobre el cuerpo se revela como un tirano. Su título, Crush, ya lo sugiere. En el diccionario, entre los muchos significados de la palabra, “ejercer presión entre dos cuerpos opuestos hasta romper o herir; oprimir; romper, machacar o moler”. O, como sustantivo, “presión extrema”. De este caldero de destrucción surge su significado informal: enamoramiento, la dulce fijación de una chica con un chico. En Siken, de un chico con un chico. En su fusión de lo erótico y de lo que pone en riesgo la vida, lo ineludible, Crush nos recuerda a Historia de O, aunque acá el sometimiento es menos literal. A veces los poemas que mejor capturan esta obsesión parten de un momento y se despliegan hacia afuera y hacia atrás, en oleadas; a veces tenemos flashbacks inquietantes, concisos, exhaustivos, premonitorios, como en la primera sección de “Manual para los pequeños amores raros”, trece versos que predicen y resumen una vida:

 

 

El chico rubio con el short rojo te hunde la cabeza bajo el agua

porque trata de matarte,

y te lo merecés, sí, te lo merecés y lo sabés,

y estás listo para morir en esta pileta

porque querías tocarle las manos y los labios y eso significa

que tu vida de todos modos ya se terminó.

Estás en primer año. Sabés estas cosas.

Sabés andar en moto, y sabés hacer

divisiones largas,

y sabés que un chico al que le gustan los chicos es un chico muerto, salvo

que se quede callado, que es lo que vos

no hiciste,

porque sos débil y hueco y ya no te importa.

 

Para que un libro como este funcione, no puede desviarse de la obsesión (no sea que su urgencia, al volverse ocasional, resulte poco convincente). Libros como este tienen grandes ambiciones; confían no solo en lo que los impulsa sino en la importancia de eso mismo que los impulsa. Cuando funcionan, como funciona Ariel de Plath, son inolvidables; le devuelven a la poesía ese sentido fundamental de la expresión y el instante que acaso constituyan la genialidad de la forma. Pero los problemas de proyectos así son inmensos; los mil imitadores de Plath no son capaces de sostener su intensidad ni su ingenio. El riesgo del material obsesivo es que se vuelva aburrido, repetitivo, previsible, estridente. Y el triunfo de Crush es que se retuerce y brilla y al mismo tiempo captura por completo al lector: “mantener el interés” parece un término demasiado tibio para describir el efecto que provoca. Lo que lo captura es el arte en estado puro, a pesar del aparente desborde. Siken posee un brillante sentido de la yuxtaposición, una lúcida conciencia de sí, un sentido impecable del ritmo. Puede introducir en sus frases y fragmentos desbocados e imparables, momentos de un ingenio maliciosamente ácido, y pasajes de un virtuosismo agudo:

 

 

Alguien me dijo una vez que explicar es admitir el fracaso.

Seguro te acordás: hablaba por teléfono con vos, corazón.

 

(Pequeña bestia)

 

Acá es donde la noche

se parte en dos, Henry, o amor o muerte. Agarrá una punta, tirá

y pedí un deseo.

 

(Huesito de la suerte)

 

 

Algunos de estos pasajes tienen una vibración y un brillo que no nos esperábamos:

 

Toda historia tiene su capítulo en el desierto, el largo derrapar

de un mundo a otro por la intemperie,

donde aprendés cosas, donde te la tenés que arreglar solo.

 

(No lavar, manejar)

 

 

La inevitabilidad y la necesidad de cierre acechan en estos poemas; lo que se posterga, lo que está destinado—la pérdida inminente y el castigo merecido— impregnan cada verso. Los poemas extraen una energía febril de algo en lo que en realidad no creen: incluso mientras el yo lírico pone en práctica sus estrategias, no cree en su propia fuga. No todos los poemas funcionan de esta forma. Siken a veces presenta la pérdida como un acontecimiento consumado, no implícito. Estos están entre sus poemas más hermosos: sus derrotas, en medio de una lucha bestial contra el reconocimiento, son desgarradoras. Uno de estos poemas abre el libro, posicionando al lector como cómplice:

 

 

 

Contame el sueño en el que sacamos los cuerpos del lago

y los vestimos con ropa abrigada.

Lo tarde que era, y nadie podía dormir, los caballos corrían

hasta olvidarse de que eran caballos.

No es como un árbol, con las raíces que en algún lado terminan,

es más como una canción que suena en la radio de un policía;

contame cómo enrollamos la alfombra para poder bailar, y los días

eran rojo brillante, y cada vez que nos besábamos había otra manzana

para cortar en pedazos.

Mirá la luz a través de la ventana. Significa que es mediodía, significa

que estamos desamparados.

Decime cómo todo esto, y también el amor, va a arruinarnos.

Estos, nuestros cuerpos, poseídos por la luz.

Decime que nunca nos vamos a acostumbrar.

 

(Sherezade)

 

Contame, dice el poeta, esa mentira que necesito para sentirme a salvo, y contámela con tu propia voz, así te la creo. Un cuento más para seguir vivo.

Es difícil, dada la extensión característica de los poemas de Siken, transmitir en una introducción una idea de su poder acumulativo, arrollador, apocalíptico, de su temeridad expiatoria. Dicho de otro modo, esta introducción ha sido difícil porque, dada la interconexión de los poemas, tuve la tentación de citar todo. Esta dificultad es, por sí misma, un elogio.

Vivimos en una época de grandes polaridades: en el arte, en la política pública, en la moral. En poesía, el arte parece reducirse, en un extremo, a buenos modales rimados, y en el otro, a puro caos. Su gran desafío es impregnar la claridad con el fermento apasionado de lo informe, de lo caótico.

Siken se toma a pecho esta exhortación. Crush es el mejor ejemplo que puedo dar en este momento de una ferocidad que, al mismo tiempo, sea del todo inteligible. Según cuenta Higginson, Emily Dickinson observó: “Si leo un libro y me deja el cuerpo entero tan frío que ningún fuego puede calentarme, sé que eso es poesía. Si siento físicamente como si me volaran la cabeza, sé que eso es poesía. Estas son las únicas maneras que conozco. ¿Hay otra?”.

Con esa observación debería haber avergonzado para siempre a lo fácil, lo decorativo, al consuelo simple, a lo domesticado. A fin de cuentas, Dickinson está hablando de respuestas que sugieren una transformación violenta, derrocar el conformismo exponiéndose el peligro.

En la práctica, esto significa que los poetas citan a Dickinson y terminan escribiendo poemas en los que la voluntad, la cautela y el deseo por ajustarse al gusto de la época, anulan toda autenticidad y originalidad. Richard Siken, junto con los mejores poetas de su generación, decidió tomar a Dickinson al pie de la letra. Yo sentí lo mismo que ella.

 

Louise Glück

Leila Chatti

Leila Chatti nació en 1990 en Oakland, California. Es ciudadana tunecina-estadounidense, vivió en Estados Unidos, Túnez y el sur de Francia. Es autora de Diluvio (2020) y las plaquettes Tunsiya/Amrikiya (2017), Ebb (2018), Figment (2020) y The Mothers (2022). Su segundo libro, Wildness Before Something Sublime, será publicado en 2025.

Diluvio es su primer libro traducido al español.